-¡Me gradué ya, maestro Dorado! -dijo Indra entre saltitos de gozo.
-Qué contenta se te ve, Indra. Me alegro mucho por ti… -contesto el enorme dragón fijando sus ojos insondables en los de ella, con lo que tuvo que dejar de brincar.
-¡Sí! Era tiempo ya… y ahora comprendo que estaba en lo correcto, que todo el esfuerzo valió la pena.
-Así es, Indra. Pero recuerda no ufanarte demasiado. Tú creciste unos milímetros pero ni así serás más grande y más sabia que muchos que ni siquiera han pisado una escuela… -dijo Dorado. Indra lo miró comprendiendo y de pronto se sintió apenada.
-Es cierto, Dorado. Algunas personas han llegado a saber tanto por sus propios medios… y otras me llevan tanta ventaja académica que… yo debería callarme y no mencionar más el asunto.
Dorado sonrió y movió lentamente la cabeza de un lado a otro, mostrando sus ojos sólo a través de dos largas rendijas. Luego rio un poco por lo bajo antes de decir:
-Tampoco te humilles demasiado, Indra. Los hay con doctorados y menciones, que no rebuznan más porque no se saben la tonada.
Ambos rieron de buena gana y se cerraron un ojo en señal de entendimiento. Era cierto, los había doctores con una enanez intelectual que acusaba su pobre calidad humana.
-Siéntate, Indra. Deja de moverte y préstame atención un momento. -dijo el dragón anciano y poderoso. Indra jaló una silla en la cocina y la acomodó para quedar de frente a Dorado. Luego se sentó y ceremoniosamente se acomodó los pliegues del vestido para luego juntar sus manos sobre el regazo y mirar a Dorado con cara de concentración.
-De historia y filosofía, de artes y ciencias, de relatos hermosos se han llenado millones de libros que hoy se empolvan en sus repisas en el mejor de los casos. No te servirá de nada haber aprendido un poco de historia, algo de filosofía y dos o tres cosas de arte y relatos si no miras todo eso bajo la luz adecuada. Una conversación interesante o dos o tres datos dejados caer en el momento oportuno pueden ser adornos bellos pero serás una necia si lo dejas en eso. Ten en mente siempre que lo que eres, sabes y puedes, debe estar al servicio de tu mejoría como ser humano y del bienestar de los demás. De otro modo serás una bolsa de brocado vacía.
Indra miró al dragón con cierta extrañeza, intentando figurarse dicha bolsa. Dorado siguió:
-Esto que logras ahora es sólo el cumplimiento de una meta, pero debes tener más en tu camino. No cargues con vanalidades, no te dobles la espalda con el peso de las tonterías y viaja ligera por la vida. Aprende de tus hermanos, asiste a quien te sea posible y utiliza tus herramientas con largueza y con prudencia. Y si fueras dragón, ¡te diría que habláramos en trecientos años más!
-Ehh… ehmm… ¿Y eso a cuánto equivale en años humanos, maestro Dorado? -dijo Indra con cara de azoro. Dorado la miró pícaramente. Indra entendió la broma y sonrió. Luego no pudo evitar el impulso de ponerse de pie y comenzar a dar salititos como antes, mientras decía:
-¡De acuerdo pero por lo pronto, terminé, terminé, terminé!
El dragón sonrió también y retando su peso y sus años se incorporó y tomó con cada garra una de las manos de Indra, para bailar con ella la danza de los saltos.
Iliana.
Golden Dragon- Dennis Brady