Y el fauno flautista… ¡creció!

Hace trece años a esta hora estaba una señora esperando al doctor. Muchos sentimientos revueltos la hacían sonreír un instante y quejarse y alzar la voz al instante siguiente. Tenía ya un día completo en el hospital y el día anterior había estado intentando cooperar en todo y ansiando el momento en que el doctor le dijera que ya había llegado la hora de parir, pero nada… Oxitocina va y viene, monitores, el latido vigilado de un corazón diminuto, y las horas que se alargaban interminables entre el hambre, la risa, el llanto, el dolor físico discreto y las ganas de que doliera más de una vez, qué caray, no estaba la señora para tanta espera… Pero ese día, después de toda la odisea anterior y de haber medio dormido una noche, estaba determinada a volver a pasar lo que fuera con tal de que naciera su bebé y de que ella pudiera sentirlo nacer, así, sin anestesia. Sólo que Dios tenía pensado otra cosa… 

Cerca de las once se le acercó el doctor con cara de malas noticias. Le informó que su presión ya estaba demasiado alta y que habían comenzado a aparecer indicios de sufrimiento fetal, así que era necesario dejar de esperar y operar de una vez. Todo desde ese momento fue muy rápido para ella. Imágenes de enfermeras y camilleros, de doctores desconocidos que sin embargo le decían frases de aliento y nervios, esperanzas, un poco de tristeza por el cambio abrupto de planes… Luego, al inyección que en vez de dormir la zona media del cuerpo, le durmió de las rodillas a los pies. El bisturí que sintió, el grito ahogado, la alarma, doctor, ¡siento todo! Y el doctor diciendo que la anestesia se polarizó y que no habría más remedio que dormirla por completo. En fin, que así fue… La señora se fue perdiendo rápidamente de la conciencia, con un último pensamiento en la mente: Dios, que todo salga bien, cuida a mi bebé. 

Lo siguiente que supo fue que estaba en recuperación. Jamás intentó con más ganas despertar, jamás luchó tanto con las olas de sueño que volvían a cerrarle los ojos, y jamás antes o después anheló tanto poder hablar y moverse. Perdió la noción del tiempo pero de pronto una enfermera llegó y ella alcanzó a tomarla por la bata. Señorita, ¿nació bien? Sí, descanse, no se preocupe, su niño está bien y es precioso. ¿Cuándo podré verlo? ¡me urge! Tiene usted que descansar, ¿y cuándo me llevan a mi cuarto? ¡ya estoy bien! La llevamos cuando sienta sus piernas… Y la señora hacía lo posible por sentirlas pero nada, no sentía nada aún. Sin embargo la siguiente vez que pasó la enfermera volvió a prendérsele de la bata. Señorita, mintió, ya siento las piernas. ¿Segura? Sí, ¡segura! Camilleros otra vez, empújese señora, ayúdenos, y la señora que no sentía nada puso cara de esfuerzo. El tiempo elástico voló pero luego de lo que le pareció una eternidad, por fin cruzaba en su camilla la puerta de su cuarto y oyó a su padre decir. ¡Es un güerito lindo pelón, parece durazno! La señora estaba ya a punto de pedir que telefonearan al cunero y preparaba su mejor voz de trueno para e x i g i r que trajeran al nene cuando éste llegó, en brazos de una mujer afable y sonriente vestida de enfermera. Y el mundo se iluminó. 

 Mi dibujante, mi cuenta chistes, la voz de mi conciencia. Mi cuate, mi segunda alta o baja al cantar, antes fauno flautista, hoy adolescente de mil posibilidades. Simple como su madre, risueño a decir basta, el niño bueno que ahora estrena estridencias de carácter y un estilo cada vez más personal. Esta señora no podría estar más contenta, hoy hace trece años que Andrés llegó a la familia. Feliz cumpleaños, hijito. 

Tu mamá. 

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